
El 3 de agosto de 2026 comparecí ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para hablar de una realidad que me marcó profundamente: el perfilamiento racial y la violencia policial en Ecuador. Lo hice no solo como víctima, sino como alguien que entendió que su historia forma parte de una problemática mucho más amplia, que sigue afectando a personas afrodescendientes en silencio y con demasiada frecuencia.
El 10 de diciembre de 2021, en Quito, fui abordado por dos policías vestidos de civil frente a una agencia bancaria. Desde ese momento viví una agresión violenta: me persiguieron, me golpearon, me sometieron físicamente e incluso me impidieron respirar con normalidad. Todo ocurrió en público, entre insultos racistas y humillación, mientras mi cuerpo era tratado como una amenaza por el solo hecho de ser afrodescendiente.
El tiempo no borró esa escena. Al contrario, la volvió más pesada. Los hechos quedaron registrados en cámaras de seguridad, pero el proceso judicial avanzó con una lentitud dolorosa, hasta quedar cerca de la prescripción. Esa es una de las razones por las que siento que no basta con abrir un expediente o recibir una denuncia: la justicia real tiene que ser oportuna, reparar el daño y reconocer con seriedad lo que el Estado permitió.
Es parte de una estructura más profunda donde la afrodescendencia todavía puede ser convertida en sospecha, persecución o violencia. Cuando el racismo se mezcla con el poder del Estado, el daño no termina con la agresión física: continúa en la negación, la demora y la impunidad.[inredhumanos, pero la violencia, la espera y el silencio institucional me empujaron a asumir ese papel.
También quise dejar claro algo que para mí es fundamental: “Tuve la sueinredh salir con vida, muchas historias no las cuenta la víctima, las narran otras personas.” No todas las personas sobreviven a una agresión así. No todas tienen la posibilidad de hablar por sí mismas. Y muchas veces son otras voces las que terminan contando lo ocurrido, mientras las víctimas enfrentan miedo, trauma, desgaste y soledad.
Mi caso no es un hecho aislado. Es parte de una estructura más profunda donde la afrodescendencia todavía puede ser convertida en sospecha, persecución o violencia. Cuando el racismo se mezcla con el poder del Estado, el daño no termina con la agresión física: continúa en la negación, la demora y la impunidad.
La audiencia también permitió mostrar que este problema no me afecta solo a mí. INREDH presentó otros casos y explicó cómo el perfilamiento racial se reproduce a través de la falta de datos étnico-raciales, la militarización de territorios y la ausencia de controles efectivos. Eso confirma que no estamos ante errores individuales, sino ante patrones que deben ser reconocidos y enfrentados con seriedad.
Lo que se discutió en la Comisión es importante porque no habla únicamente de una persona o de un expediente. Habla de la forma en que un Estado mira a sus ciudadanos, de quién es considerado sospechoso y de quién merece protección. Habla de si la seguridad se construye desde los derechos o desde la exclusión.
Yo elijo seguir hablando porque el silencio siempre favorece a la impunidad. Y porque contar lo ocurrido, aunque duela, también es una forma de exigir dignidad, memoria y reparación. Mi historia no termina con la violencia que sufrí; continúa en la lucha por una justicia que llegue a tiempo y por un país donde ser afrodescendiente nunca vuelva a ser motivo de sospecha.
By @jimmyocles

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